Cinturones de Van Allen: una tormenta solar cruzó la barrera
Un estudio japonés concluye que la tormenta solar de mayo de 2024 multiplicó por más de 5.000 los electrones ultraenergéticos tras la barrera de los cinturones de Van Allen.

La «barrera impenetrable» de los cinturones de radiación de Van Allen ha sido superada. Según un estudio dirigido por el físico Yoshizumi Miyoshi, de la Universidad de Nagoya, y publicado el 28 de octubre de 2026 en Geophysical Research Letters, la excepcional tormenta solar de mayo de 2024 multiplicó por más de 5.000 el flujo de electrones ultraenergéticos dentro de ese límite.
Una barrera que no era absoluta
El campo magnético terrestre atrapa partículas energéticas en dos anillos con forma de rosquilla, los cinturones de Van Allen. En 2014, las sondas Van Allen Probes de la NASA detectaron una frontera sorprendente, a unos tres radios terrestres del centro del planeta, que los electrones más rápidos, casi a la velocidad de la luz, apenas cruzaban. Los investigadores la llamaron «barrera impenetrable».
Su origen sigue en debate. Ondas de radio naturales de baja frecuencia, conocidas como «siseo plasmasférico», e incluso las emisiones de muy baja frecuencia de origen humano, podrían dispersar esos electrones hacia la atmósfera antes de que se acerquen. Es una protección útil: estos «electrones asesinos» atraviesan el blindaje de los satélites, dañan su electrónica y acortan su vida útil.
En mayo de 2024, una serie de erupciones solares desencadenó una tormenta geomagnética de nivel G5, el máximo de la escala. El satélite japonés Arase, que vigila los cinturones desde 2017, detectó dentro de la barrera electrones de más de 3 megaelectronvoltios, con un flujo más de 5.000 veces superior al previo a la tormenta.
Acelerados in situ, no empujados
Los datos no indican que los electrones fueran simplemente empujados hacia dentro: primero aumentaron los de baja energía, medio día después los más energéticos y alrededor de un día más tarde los de más de 3 MeV.
Según los investigadores, la tormenta erosionó la plasmasfera, la región de plasma frío que rodea la Tierra, hasta vaciarla casi por completo. Eso dejó vía libre a las «ondas coro», ondas electromagnéticas que, convertidas en sonido, recuerdan al canto de los pájaros, explica Miyoshi. En lugar de dispersar los electrones, los aceleraron. El plasma tardó más de cuatro días en reponerse, frente a los dos habituales, y los niveles altos persistieron meses, hasta la tormenta de octubre de 2024.
Qué implica
No hay peligro en la superficie: estas regiones están a más de 10.000 km de altitud y la atmósfera y el campo magnético siguen protegiéndonos. La barrera tampoco ha desaparecido: cedió en circunstancias excepcionales, con una tormenta como la que se da una vez cada veinte años. Trabajos de 2018 y 2024 ya habían cuestionado la idea de una frontera absoluta.
Para los operadores de satélites, en cambio, el hallazgo importa: una zona considerada resguardada puede sufrir un aumento extremo de radiación y mantenerlo durante meses. Con miles de satélites lanzados cada año y un Sol aún activo, la meteorología espacial es un asunto real de ingeniería.
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